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por Teodoro Valentin - 16-09-11
Si el verde nos autoriza y el rojo nos detiene, el amarillo es ese espacio de incertidumbre que nos urge para tomar una decision e impulsarnos hacia ella.
No es sencillo asumir errores ya cometidos, pero es intorable reiterarlos. Las motivaciones son variadas, ya sea ineptitud, a sabiendas, inexperiencia hasta ocultismo. Pero, nada es alegato si la consecuencia del equívoco causa dolor ajeno, resultando el herido inmediato un acumulador de rencor con respuestas lentas en futuros inciertos.
Para salvar ciertas situaciones se requiere la autoargumentación lógica y ecuánime, que nos permite avanzar con determinación en el camino seleccionado, pero no siempre estamos preparados para dicha instancia en el el espacio-tiempo que se presenta, es allí donde el tiempo muta hacia el amarillo, dejándonos perplejos y sin reacción inmediata, mucho menos intuitiva ni instintiva.
Precisamente la evolución de las vivencias es la que nos permite enfrentar, siempre que el registro se mantenga vivo y presto dentro de la búsqueda de posibilidades, ocurriendo frecuentemente que un observación posterior nos aloja en los casilleros adecuados denotando la inexactitud del tiempo ya pasado. Simplemente asumimos los actos, pero no siempre tenemos la voluntad de repararlos, o resolvemos empecinadamente que así es correcto.
Los tiempos rojos y verdes facilitan las acciones, ya que la situación misma se nos presenta clara y sin conflictos, resultando expresivo que el camino que se recorre tratamos de escogerlo teñido de ambos pigmentos, acomodando el semblante de la relación alejada del dudoso azafranado.
Tenemos también en las manos los fallos cometidos contra nosotros mismos, dañando expresamente nuestra persona sin mayores miramientos en sus consecuencias, donde el impulso domina la lógica y la autoconservación. Si bien podemos expresarlo con masoquismos estudiados, debemos considerar al indulto como una herramienta de alto poder armónico, ya que deberemos convivir en lo inmediato con las consecuencias pero elevando la autoestima sin derrumbarse en un abismo de conmiseración.
Seleccionar el asfalto del devenir es una suntuosidad que pocos disfrutan; no siempre la posibilidad está en juego, pocas veces visualizamos de manera cristalina y nadie domina el color del minuto posterior, pero es posible hipotecar la existencia a la incertidumbre de la situación a suceder. Quizás el juego de la existencia es el enfrentamiento a lo novedoso, en terrenos algo conocidos y con respuestas improvisadas, cuyas fruto nos pulimenta de la aspereza natural con que arribamos a la sociedad que nos recibió sin enviarnos una invitación previa.
Tener a disposición de la voluntad el rojo y el verde es la emancipación del dolor, es la liberación de la responsabilidad, es el paraíso imaginado por antiguos reyes que han sucumbido ante la realidad de sus súbditos que los condenaron.
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