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por Teodoro Valentin - 17-08-10
Las reacciones no lógicas coagulan el universo de lo inesperado, por consecuencia son las más temibles y poco estandarizadas, ya que no pueden ser utilizadas para fines económicos.
Nadie sabe estadísticamente la reacción precisa de cada persona ante el impulso que la provoca, puesto que siempre se establece la definición de impulso para cada personalidad en juego, descubriendo que una misma solicitud de respuesta, bien puede ser para otro un acto irrelevante.
Tentativamente podemos trabajar como hipótesis de trabajo que los valores éticos de cada uno establece el primer paso a la reacción, ya que la ofensa transita por éste recorrido cuando asoma su intención.
Toda reacción lógica cubre cierta gama de matices previsibles, ya que la educación de cada sociedad establece pautas comunes a las que se responde casi en el viaje completo, resultando que quién se escapa de las mismas es marginado con el titulejo de transgresor o inadaptado, dependiendo del ámbito que lo califica.
En la mayoría de los casos dicho marginado reúne fuerzas en grupos que responden a las nuevas pautas, conformando una fuerza reactiva cuya proyección depende del eco social generalizado -así como de la publicidad gratuita otorgada-, influencianda en ciertos casos, de manera tal que su propia generalización fagocita a la intención primigenia.
La represión de éstos marginales resultó -en su momento histórico- en fuerzas revolucionarias, demostrando que el mejor armamento contemporáneo es su difusión y desacreditación, tanto en el menosprecio de sus ideales como en el de sus personajes, protegiéndose así las sociedades en su forma convencional de vivenciar la continuidad de la especie a la que pertenece, sea poderosa o nó.
Las reacciones no lógicas coagulan el universo de lo inesperado, en consecuencia son las más temibles y poco estandarizadas, cubriendo su aparición con los epítetos vociferantes del caso a modo de protección, ahogando su enfrentamiento retirándolos del campo de batalla.
Se debe tener presente que las reacciones, sean de un rango o de otro, representan a una personalidad conformada o inmadura, y dado que su expresión es contundente, no se puede menoscabar la misma bajo ningún concepto, ya que una vez ejecutada será reiterada ante situaciones similares como reflejo condicionado... cuando el individuo no recapacita sobre la misma.
Esta capacidad de análisis es lo que hay que mensurar en la personalidad antes de repetir el impulso, ya que el disparador puede ser automático o meditado, mejorado o reprimido, dependiendo de la perspectiva del individuo reactor con respecto a la trascendencia de sus propias acciones.
Otro factor preponderante es el grado de temor de la personalidad a la que se impulsa, ya que cada situación social requiere de una pauta de conservación importante como patrón de estabilidad, siendo precisamente la mejor oferta de una sociedad convencional el despreocupar al copartícipe de la misma -hoy... ciudadano- de giros violentos en las pautas establecidas, permitiendo programar estudios, trabajo y hogar a largo plazo, consagrando con la apacible cuota jubilatoria el reconocimiento de sus esfuerzos.
Pero éstas reflexiones de uniformidad tienen el límite de lo imponderable, o sea el factor que desencadena la realidad de la reacción, o sea... el ánimo circunstancial.
Este depende de factores múltiples y aleatorios, ya que pocos controlan el mismo dominado las circunstancias que lo rodean. Su potencialidad es la que resuelve en el instante preciso la explosión -o la fría serenidad-, es la que hace preponderar al pensamiento por sobre el instinto -o viceversa-, es casi el señor del castillo, quién reúne a las fuerzas bélicas para su defensa, sin importar los intereses ajenos... ¡sólo los suyos!
Es el ánimo la válvula que abre o cierra los mecanismos de defensa o de ataque, canalizando en su estado coyuntural hacia dónde convergen las fuerzas, produciendo tanto victorias como derrotas, pero siempre en defensa del bastión... ¡Ya que se regocija en sentirse exaltado y dominante!
Precisamente serenar el ánimo es la tarea fundamental de una personalidad avasallante, ya que controlar el mismo denota maduración y adaptación, requiriendo para ello toda la capacidad factible en un individuo, puesto que la primera imagen que muestra el rostro es la situación anímica, cuyo maquillaje sólo puede estar oculto en el pensamiento...
¡La mirada muestra más de lo que ven los ojos!
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