Paloma
Autor Teodoro Valentin - 05-07-11
Ignacio supuso que la grandeza de solo existir cubría las expectativas de su deambular, pero la inefable realidad comenzó a golpearlo cuando lo errático invadió su cotidianeidad.
Cada espacio que cruzaba se tornaba estéril. Se sugirió con sus familiares y amigos coincidiendo todos en centrar las malas experiencias en su errática personalidad y el desenfoque social.
Trató de escuchar para encauzarse en una reparación personal, que tomó un tiempo indefinido para demostrarle que su pétrea personalidad resulta tal como la había estructurado desde sus veinte años, para luego continuar acertando en el barro del fracaso y la desmoralización.
En un rapto de tiempo íntimo consultó a su alma para requerir ayuda celestial, sin recibir respuesta alguna luego de varios minutos donde las lágrimas nublaron la visión. Al otro día una paloma se posó cerca de su presencia al cruzar aquella plaza que día a día recorría para cumplir su rutina laboral.
—Ignacio— Escuchó una voz que lo llamaba si descubrir el origen ni reconocer el tono, pero lo imperativo estaba presente.
—¿Quién me llama?— Balbuceó para que la vergüenza solo resulte personal.
—No busques hasta que el tiempo sea propicio. Tu primavera aún no conoce la luz del sol— Las palabras penetraron en su oído desde un remoto indefinido pero en un verdadero presente, al igual que observó a la paloma volar en un aleteo mesurado y vivaz.
Recorrió los días siguientes observando al tiempo en su rotación solar, buscando un reflejo en la oscuridad de su noche, intentando descubrir el valor de ciertas palabras que punzaban la imaginación y el sueño. Nada encontró, pero una roca se apoyaba en sus hombros disminuyendo las fuerzas anímicas hasta que la soledad lo acompañaba de la mano en un recorrido pleno de muchedumbre. Las palomas eran su aliento y esperanza, así como la espuma de conciencia que se perdía en el planeo lejano de un tumulto de aves que jugueteaban con el destino más desamparado que conoció desde que arribó al mundo de los sentidos.
Cierta mañana un ave se escapó del conjunto para proyectarse en un vuelo recto que llamó a su atención, distrayendo su caminar con la visión en el cielo, tropezando con otro cuerpo tan distraído como él.
—¡Perdón!— Atinó a decir Ignacio luego de sentir el aturdimiento de su desacierto.
—¡No es nada! —Respondió Mariela de manera social— Sólo se me cayeron papeles, la cartera y los lentes. Pero, sigo viva.
—Me distrajo una paloma —Se disculpó Ignacio—. ¿Te ayudo?
—Ah… seguro que es la misma que me rozó con un ala en la cabeza. Me asusté mucho.
Un relámpago en la imaginación de Ignacio le indicó que la primavera había comenzado, augurándole que la soledad lo abandona a partir de allí generando una secuencia de aciertos trascendentales que no responden a ninguna lógica; tomar el instante lo enfocó en la realidad de la existencia, el resto es sólo pensamiento.
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