Gestionar el Fracaso Político
por Teodoro Valentin - 10-06-09
Hay dos posiciones desde donde gestionar el fracaso político, desde el poder o fuera del mismo. Ambos son sencillos y no requieren de instrucciones.
La metodología de orientarse hacia el fracaso se basa en la simple autoconducción social desde la óptica de los fracasos personales, y de la urgencia de tomar venganza con el escudo del ejemplo de los recientes antecesores.
Dentro de las frustraciones individuales también se considera el desear resguadar en la cuenta individual más de lo que ya se posee, protegiendo de esta manera a las generaciones del mismo apellido sanguíneo, profetizando sus necesidades en tiempos de necesidades.
Cuando se está ubicado en el poder, apoltronado en cualquier cargo oficial, incluído el poder máximo del que cada uno sea capaz de atesorar (sea diputado, senador, ministro o presidente), la simpleza de anhelar la continiudad de otro período más, o bien la perpetuidad laboral, conduce al fracaso de las tareas inherentes, ya que las mismas se desatienden en virtud de una seudo imágen inconductiva.
Las incongruencias asumidas en la ejecución de las funciones para lo cual se fue destinado, conduce en forma efectiva a la derrota vocacional, ya que demostrar la inaptitud publicamente garantiza el acceso a la humillante salida por la puerta de la incapacidad.
Esta temática de observar el avance del tiempo como aspiración de progreso reiterado, desorienta a los abonadores de los salarios preferenciales, ya que demuestra que la elección del personal apropiado resultó emocional e inapropiada, esforzándose en las próximas decisiones a elegir más técnicamente.
En los tiempos de aspirante a una de las vacantes de los puestos asalariados, es la costumbre prometer incumplimientos, lo cual valida la condición de político asumido.
Lo usual es presentar una serie de preferencias electorales nada claras, poco preparadas en su experiencia y una historia laboral no acorde a su postulación, menos aún abundantes en patrimonio cultural y social, casi inconcientes del devenir.
La falta absoluta de responsabilidad social se enmascara en una recorrida física que intenta demostrar la participación en las necesidades populares, respondiendo a un presupuesto importante, dejando de lado las circunstancias de los visitados a convencer, arrojando manatiales de sabrosas aguas de futuras amarguras.
Quien se autocalifica de político cuenta con cierta seguridad material que le permite desparramar su tiempo en turismo proselitista, subyugando a sus oyentes como ejemplo de triunfo y exitismo, pregonando un tumulto de frases típicas que derivan en la posibilidad de mayores ingresos salariales personales, garantizando a sus electores que para ellos nada cambiará, sólo tendrán más de lo mismo... si es que esa es su voluntad.
Ejemplifican estos aspirantes a que cualquier personalidad accede a su posición, permitiendo a los incautos cautivados ilusionarse con la meta a alcanzar como oficio de arte.
Este fracaso social sólo conlleva al aplastamiento del crecimiento, ya que nadie se autoimpulsa a desarrollar profesiones convencionales cuando el canal de riego financiero está al alcance de la hipocrecía.
El círculo se cierra cuando el lugar oficial ocupado se transmuta en una posición de poder.
Pero, ¿De qué Poder?
Del poder de la impunidad... del poder de acomodar... del poder de decidir hacia donde se dirigen los nuevos rumbos sociales en beneficio de las proximas elecciones, ya que la búsqueda laboral se convirtió en la verdadera tarea.
Esta modalidad contemporánea golpea tanto en la confiabilidad hacia lo dirigencial, como en la concepción patriotica de un pueblo, ya que el anarquismo político pregona que el oportunismo es la mejor herramienta constructiva de fortunas inocuas... pero fortunas la fin!
Las consecuencias directas de éste manejo productivo es el reacomodamiento de valores morales estructurados orientádolos hacia esquemas mutables, amalgamados a las vivencias presentes y a las urgencias domésticas.
Si se sostienen estas mascaradas a lo largo de décadas, o de generaciones, se concibe una visión futura de logros zoológicos, donde cada componente de la sociedad se enviste en la piel que mayor temperatura le contiene, concibiendo a la corrupción como el alimento natural del ser social.
Pero querer darle discontinuidad a la situación requiere de una ferretería poco usual, donde la cultura social y la responsabilidad de la influencia electoral deben embanderarse antes que el impulso carismático.
Habilitar a un individuo para que utilice el poder es una desición grupal, ya que para cada sufragante la influencia perimetral goza de un peso importante y orientativo, puesto que digita a la vergüenza y a la desacreditación de la óptica unipersonal.
Pero si la concepción del núcleo sólo se hace por la imagen material y de los posibles beneficios de las migajas popularizadas, aseguran la incontinencia política anclando su mediocridad.
Si bien el debate político es difícil de sobrellevar cuando la cantidad debatiente supera más de una opinión -o individuo-, requiere de una gran apertura para el desvanecimiento de la vanidad, ya que el debate de lo etéreo de las motivaciones preferenciales excluye en su escencia a la simpatía y al extremismo histórico.
En los tiempos de cúspide politizada deberían establecerse células ciudadanas no afiliadas, que iluminen con un análisis más apto para el crecimiento de una nación inmersa en una circunstancia dada, que permita desmadejar palabras y discursos para vislumbrar a los futuros fracasados, a los conductores emocionales y a los que proponen al violento miedo como su herramienta de gestión.
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