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Fumigar el Corazón

por Teodoro Valentin - 13-09-09

Mantener la higiene emocional y sentimental forma parte de la calidad de vida que nos orienta hacia el equilibrio temperamental.

 

La base de los exabruptos de nuestro carácter se sitúa en la falta de comprensión de quién tenemos enfrente, considerándolo como un mero espectador de nuestro instante sin interpretar que lo afectamos emocionalmente de manera explosiva, alojándole secuelas que arrastrará un largo tiempo después.

Esta inconsciencia que nos invade en forma frecuente, conforma parte de la red de tensiones a las que nos vemos sometidos en nuestro sistema social de presión gratuita.

Si bien el avance tecnológico de las últimas décadas es asombroso, su influencia en la calidad humana ha caído en desmedro. Es claro que la comunicación variada con la que contamos -que transmite la polifacética variedad de opiniones y pensamientos existentes al alcance de una tecla-, no ha influenciado sobre la concientización del crecimiento de la condición humana.

Existe una verdadera confusión terminológica en lo referente a la contemporaneidad de ganancias humanas. Es común confundir la posesión de elementos electronizados con la capacidad de comprensión de los valores básicos que nos cataloga como humanos.

O es que acaso acumular bienes de última generación nos brinda una mejor interpretación de nuestras emociones y sentimientos!

Si bien dicha acumulación nos ubica socialmente en distintos podios de relaciones, no nos califica en el compromiso de entender a la sociedad como conjunto en desarrollo, mucho menos nos autoriza a direccionar destinos ajenos, ya sean allegados o subordinados.

Resultó en un pasado vertiginoso la idea de mejorar los conceptos de bienestar, lo cual tuvo éxito y maestría de acción, generándose cargos y objetos deslumbrantes, girando al ostracismo dentro de una filosofía laboral donde la pauta es la relación directa entre tiempo y dinero.

El aplauso social calificaba sólo a la tenencia como el resultado del éxito, menospreciando a su generador en su carácter humano, vaciando de contenido a los efectos colaterales que se resumían en conflictos de insatisfacción, reemplazándolos por ocupacionales tiempos generadores de dinero, cerrando así el círculo vicioso hasta el día de hoy.

La grieta que se produce en la tipología humana es tenebrosa, ya que si bien no ha modificado nada en la conciencia social, tampoco en asumir a la vida como un desarrollo espiritual, pero sí ha logrado dividir en varias fracciones superficiales al conjunto total de la humanidad.

Configuramos sociedades donde se las evalúa de acuerdo a su posesión tecnológica y potencial atómico, sin precisar hacia adonde nos dirige ni por cual camino hemos de ascender, sólo se disfruta la sensación de la piel que nos enviste en la misma sociedad donde estamos imbuidos.

Anhelamos lugares mejores, ya sea dentro de nuestro planeta, en las playas soñadoras o en los valles abiertos que destellan libertad, o bien fuera de nuestra tierra, en los espacios planetarios, demostrándonos a nosotros mismos que la insatisfacción nos invade con su frío, así como nuestra incapacidad de resolver las mínimas temáticas que nos engordarían el corazón de felicidad.

Llevamos la raíz de la búsqueda dentro de los cuartos del corazón, pintando sus paredes con el anhelo impulsivo del desear... consecuentemente, que deseamos?

No sabemos claramente que es el desear, ya que los placeres epiteliales son fácilmente adquiribles en la medida de cada posibilidad individual, los orgánicos simplemente los degustamos en la longitud del paladar, demostrándonos que la materia es meramente temporal, sin completar su obra más que en breves o prolongados tiempos efímeros, para luego volver a imbuirnos en la búsqueda del deseo que nos apabulla desde adentro, que nos presiona y nunca nos abandona.

Siempre que tropecemos con el deseo, lo reemplazamos con lo más urgente que tenemos al alcance, ya sea con el compañero como en lo material tangible, así como utilizamos el movimiento a modo de apaciguador o placebo.

Allí... en ese instante de presión, debemos interrumpir nuestros impulsos y regresar al corazón. Hurgar en el mismo para saber que ambiciona en éste instante, o que vacío debemos llenar que reclama nuestra atención.

Por ello es que debemos tenerlo limpio y fumigado, para saber diferenciar con claridad si el impulso que nos arrebata es volátil o perenne.

Para ésta higienización debemos emplear productos de primera calidad, de buena garantía y de efectos residuales, fundamentalmente que no tengan fecha de vencimiento ni que estén vencidos... simplemente sanos!

Para aplicar éstos productos contamos con la herramienta de la Imaginación, tan al alcance de la mano que muchas veces la desechamos por su vulgaridad. Estar provistos del elemento básico es el primer paso de la conciencia propia, y de los valores que nos embriagan de placer.

Recurrir a lo bueno, según cada criterio personal, es el decorado del latido del hogar que nos tranquiliza y nos serena. Allí diferenciamos lo bueno: si nos seduce con mayores impulsos de ansiedad sólo nos encontramos con más de lo mismo, aumentando nuestra ambición y palpando los límites de la insatisfacción y del deseo.

Sólo con la integridad de asumir nuestra verdad podremos crecer y ser adultos, satisfacernos y compartir, equilibrando nuestra persona para volcar nuestra identidad en cada acto que realizamos y conjugamos.

 

 

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