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Exponer nuestras Emociones

por Teodoro Valentin - 13-10-09

 

Moderar las emociones no es lo mismo que reprimirlas, sólo dosifica su exteriorización para armonizarla con el ámbito social; pero controlarlas favorece al placer de su expresión, reuniéndolas con la satisfacción cuando se recibe su correspondiente complicidad.

No hay nada más aventurado que exteriorizar las emociones, ya que constituye la puerta de ingreso a la fragilidad de la recóndita intimidad, cuyos límites ni siquiera son conocidos por uno mismo.

Uno de los factores que conforman la ecuanimidad es precisamente el control lógico de las expresiones públicas, registrando en cada eternidad social el formato de la manifestación del pensamiento, para acordar con la circunstancia y la funcionalidad del ámbito que nos rodea en ése paréntesis temporal.

Tomar conciencia del momento de su impulso es asumir el control sobre la locución, ya que sofrenar su ímpetu requiere de las riendas de la voluntad por encima de las emanaciones gástricas, desechando de la idealidad elocuente... los fáciles exabruptos que brotan a través de la piel!

Dentro de los valores intuitivos, resulta necesario diferenciar la transitoriedad de las emociones frente a los sentimientos, ya que ésta última genera una fuerza cohesiva perdurable y satisfactoria... que somete a lo volitivo bajo el manto de los compromisos.

El pariente más cercano de la emoción es la temperamentalidad; su sola presencia indica una degradación dentro de las apreciaciones individuales, ya que su manifestación exuda el menosprecio de la existencia ajena, ocupando los lugares compartidos con impulsos privativos y veleidosos por encima de las temáticas que unieron ocasionalmente al conjunto.

Registrar a la impulsividad es el primer movimiento que conlleva a la intención del control, ya que su posterior manipulación permite adaptar -dentro del espacio que divide a la lógica de la erupción temperamental-, la conformación de la imagen que se necesita para continuar presente dentro de las dimensiones elegidas... o no elegidas!

La película que separa las emociones de los sentimientos goza de un espesor muy delicado, ya que el mínimo roce deforma su constitución, pero favorablemente es la que nos otorga la posibilidad de la diferenciación, para que el buril de la voluntad talle su perfil dentro de los esquemas trazados íntimamente... recreando al individuo libre que deseamos ser sin las inclusiones foráneas.

Detentar a las emociones como modalidad vivencial es una posibilidad electiva, pero su trascendencia no supera su tiempo de exposición -ya que la defunción de lo presente es tan fugaz como el aire que respiramos-, destacando a quien asume ésta postura en la relevancia otorgada a la impronta involuntaria de cada uno y uno en asuntos eventuales.

El hecho mismo de subyugar la circunstancia bajo la dimensionalidad vivencial, genera una óptica serena sobre cada acontecimiento, permitiendo ésta maduración superar los eventos intrínsecamente contradictorios, enriqueciendo las experiencias con valores propios y modismos relevantes... saboreando cada paso en el banquete de la existencia!

Resulta inválido tabular los episodios, ya que si bien la reiteratividad de los escenarios suele ocupar un espacio típico, la conjunción exacta de las complementos personales nunca se repiten, puesto que aflorar climáticamente conforma un impulso innato en la ruta hacia la maduración vegetativa, cuyas proporciones alternan entre un mínimo y un máximo con cada exhalación y latido de la personalidad individual.

 

 

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