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El Recuerdo del Rencor

Safe Creative #1109060010451por Teodoro Valentin - 06-09-11

 

Padecerlo o regocijarse depende del rol de víctima o acusador... respectivamente.

 

Visualizando al rencor como el advenimiento constante a la memoria de los actos ajenos poco gratos a nuestros sentimientos más secretos, disfraza la realidad con una imagen de fantasía que oculta la negación de los instintos.

Siempre es posible refrescar las falencias de quienes nos rodean para acusar y proteger los actos propios nada éticos con el objetivo claro de inmacular la conciencia, justificando así los golpes dados para que en el tablero del juez solo resulten defensas o reacciones, liberándonos de castigos futuros... que igual recibiremos.

Pero, ¿Cuántas veces se debe responder a un único acto ajeno? Acaso no es éste el fundamento de la existencia del rencor; acaso no es la reitereración indefinida de la postura situacional de una única expresión del enemigo presente y del no presente, ¿Cuántos amigos, familares y compañeros se perdieron en el camino del autofagocitable rencor?

La antipatía intestinal es la que define —y escudriña— quién ingresa en el ataúd del rencor, sin reconocer un ápice de lógica ni compasión, supera la comprensión ecuánime sin medir consecuencias más allá del deseo episódico, brota hacia la conciencia instalándose para conformar la historia futura.

Como todos los sentimientos —inexplicables en el marco científico— el rencor necesita de una compañera para existir —no para ser—, siendo el orgullo cual rodado que lo moviliza a traves del tiempo, declarando con su agónico grito que restar es la mejor manera de crecer en la batalla del resentimiento. No obstante también descubrimos en la otra esquina del cuadrilátero bélico a la alegría —el enemigo mortal de la pasión—, que con su mano solidaria nos permite vivenciar y nos encauza hacia la constante emancipación de la libertad emocional.

Conservar el rencor es un acto volitivo, ya que su explosiva aparición no es más que un llamado de alerta en el globo de la conciencia, pero tomarlo para esgrimirlo necesita de las garras de la excusa ante temores sombríos no reales. Se teme mas a la sombra del devenir que al presente mismo, puesto que la presencia vocal del rencor apabulla al oído de la compunción en acto.

Superar los instintos es la diferencia con el reino animal, del cual nos alejamos en la medida en que concientizamos la unicidad de la complejidad humana. Admitir que somos en la trascendencia es asumir nuestro rol en la superficie terráquea, sin transformar el medio sino adaptándolo a las necesidades sociales, sin consumirlo hasta las cenizas sino intercambiando espacios.

Si bien el rencor es en escencia individual es posible considerarlo a nivel masivo; sin clasificarlo cuantitativamente pero incrustando en su concepto el potencial de la codicia del poder, o bien para conservar el mismo cuando ya se accedió al tono dorado de la opulencia.

Creer que el rencor justifica pertenece a estadios no evolucionados de la cultura personal. Manipular políticamente las pautas emotivas es propio de dictadores y líderes oportunistas, que así como movilizan pequeños núcleos, estos a su vez disgregan las partículas nocivas dentro de ámbitos mayores hasta generar divisiones sociales impropias de un conjunto denominado súbditos, logrando así enfrentar a hermanos hasta desintegrar las fuerzas de los fantasmas del derrumbe democrático propio.

 

 

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