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por Teodoro Valentin - 18-03-11
Suspender la actividad de la conciencia es negarse a las sensaciones humanas.
Es muy posible desvastar al pensamiento cuando las urgencias básicas del cuerpo lo acicatean para su inmediata solución. No implica ello que lo volátil de las necesidades resten partículas de vivencias, sino que la comparten a fin de relajar la tensión en la reflexión. Paradójicamente cumplir con dichos rituales conforman el reposo de la batalla existencial.
Pero, retar a lo corpóreo para autodemostrar que el intelecto lo supera es advenedizo e infantil, ya que el soporte de la conciencia es precisamente el intercambio de los impulsos externos en su ejecución compatible con la asimilación de las experiencias. Este ir a recoger los frutos de la actividad corpórea para luego internalizarlos a través de su ingestión concientizante es la reciprocidad del deporte intelectual privativo de cada experiencia que deambula por la corteza terrestre, haciendo trascender la simpatía de cada acto ejecutado para conformar la ecuanimidad en el conjunto de la personalidad.
Resulta ineludible exaltar que la recepción informativa resulta avasallante en la era radiactiva, pero se enfrenta a un conglomerado de conexiones invisibles a los sentidos que desarrollan la velocidad de la luz en su proyección, siendo el pensamiento reflexivo quién comanda realmente la verdad sobre cada punto y punto que despierta en el universo.
Esquematizar una cuadrática ecuación aplicable al pensamiento es la negación al conjunto de las virtudes humanas, ya que la influencia anímica y temperamental desarrolla senderos inescrutables dentro del senderismo de la lógica, diferenciando a cada ente químico de manera independiente de su aspecto visual.
Retrotraerse a la negación es involucionar transportando al pretérito dentro del presente, puesto que al emerger los rencores se avasalla al futuro inmediato tejiendo una madeja involutiva que anuda a la regresión, generando precipicios insondables en las relaciones intrahumanas que cohiben al intercambio saludable que siembra paz dentro de la espiritualidad mundana.
Sólo aceptando pasivamente a la existencia con sus valores intrínsecos se logra el equilibrio emocional que permite transitar los tupidos bosques de la intelectualidad práctica dentro del marco fantasioso que se presenta socialmente para desarrollar la personalidad, valorando cada acto en su potencia existencial con la premisa de asimilar para agigantarse, sosteniendo el baluarte de la trascendencia dejando la impronta de una presencia utilitaria dentro de los sensibles ojos ajenos que perciben la diferencia.
Hibernar no es el motivo de la existencia, tampoco acumular, la presencia es sólo vivenciar sin enquistamientos cada latido que provee de vida a cada rincón de la supremacía emocional, para luego reflexionar y enriquecer con ecuanimidad el curriculum de ser.
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