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Agradecimiento

 

Autor Teodoro Kresisch - 29-12-09

Seudónimo Teodoro Valentin

Relato Publicado en Antología 2009 "Escritura Sin Frontera"

Esteban sentía en la piel que el paraíso estaba siendo compartido dentro de su realidad sensorial; podía palpar en su alrededor a las musas y a las sirenas que bailaban para su regocijo, aumentando su deseo de vivir mas allá de lo conocido... dentro de la ansiosa impetuosidad de las urgencias emocionales.

Estaba presente allí... en ese espacio tiempo donde su cuerpo compartía la realidad.

Formaba parte del conjunto de las posibilidades, con su presencia física y espiritual. Se encontraba sumergido en el mar de los logros... esperando su turno de exposición para que el jurado veredicte sobre su arte musical.

Bajo ningún aspecto deseaba destacarse por encima de los presentes como escencia de capacidad, sino alcanzar la beca para la cual se presentaba.

Esta beca le posibilitaría el ingreso hacia el mundo de la realidad sensitiva, desplegando su idealidad sólo valiéndose de su habilidad, anhelando ser aceptado para simplemente... comenzar.

El lugar de su Edén se hallaba silenciosamente sacro de voces. Dentro de un ambiente densificado de formalidad, donde contradictoriamente se ensayaba allí la originalidad, se encontraba revestido de individuos de saco y corbata, mujeres con trajes delicadamente adornados de colores pasteles, se estaba calificando a los nóveles músicos aptos para recibir, a modo de premio, su inclusión dentro de la enseñanza del arte musical.

La formalidad constituía una mera carcaza de lo profundo de la evaluación.

El escenario conformaba el podio al que aspiraba subir Esteban junto a su instrumento, resultando esas tablas ordenadas y lustrosas, la cima más alta a la que puede aspirar un idóneo.

Esteban visualizaba el camino que llevaba a esa exposición anhelantemente ansioso, percibiendo el perfume de las rosas que marginaban al mismo, equilibrando ese desborde optimista con un sabor a euforia medrosa que le plagaba su paladar. El hecho de ser en lo mediato analizado, criticado, evaluado y opinado, bien podía elevarlo hasta los cielos circundantes o... hundirlo en los abismos más oscuros de su existencia.

Se hallaba anímicamente al final de su vida. En ese extremo donde el juicio analítico de toda su presencia en la Tierra se llevaría a cabo en breves instantes más de padecimiento, desgastándose el mismo en la espera de su turno.

Faltaban solo dos personas más para que su imaginación musical invada el auditorio y a sus catalogadores. Un temblor de conciencia asumida le vibró debajo de su piel, haciendo del temor una sensación más del momento que estaba vivenciando.

El último escuchado descendió del estrado acompañado de las miradas evaluatorias, que empujaban su presencia hacia la salida del salón acústico, deseándole sus juzgadores mejores suertes en su futuro laboral convencional.

Al descender del estrado, al igual que muchos individuos anteriores, sus lágrimas inundaron los corazones de la desesperanza, ya sea arrastrando el carro del reclamo impotente, que a veces impulsa a las mejoras técnicas en el caleidoscopio de la imaginación, o cargando el patíbulo de la derrota que acarrea al retiro, abandonando a la ilusión a la vera del destino.

Tras ese caminar hacia la salida, ascendió a las tablas Roberta Claudia acompañada de su instrumento de viento, quién resumía su tensión nerviosa en el vibrar en su mano al son de los agitados latidos de su corazón.

La flauta enfrentaría en pocos minutos más a los evaluadores de su armonía musical, los cuales oscilaban entre siete y diez personajes, ya que se turnaban entre las entradas musicales con descansos exteriores a fin de rematar el tiempo de hastío de esta metodología auditiva.

Estos personajes juzgadores se caracterizaban por su desarrollado criterio musical acorde al mercado consumidor de sonidos, así como de un destacado sentido común sobre la imagen mínima requerida para que un músico puesto en el escenario reciba la graciosa aceptación pública.

Roberta Claudia inició su demostración invadiendo el aire de dulces melodías empalagadas del néctar de su personalidad, actuando meticulosamente concentrada en su vaiven musical, cuando el descompaginante sonido de un único aplauso cerró el preámbulo del capítulo uno.

Las lágrimas corrieron por sus mejillas aceptando la situación tal cual se presentaba... silenciosa e inconsecuente.

Nuevamente el escenario resultó vacío, enarbolando un banquillo que no contaba con mayor protección que el silencio que lo rodeaba, esperando que algún instrumento musical descanse sobre él.

Juan Marcelo se aprestó, dispuesto a batallar hasta el final, cualquiera resultase su finalización. El anhelaba combatir armado con todas sus esperanzas en el campo de los guerreros.

Al reunir el aire en sus pulmones escuchó el retumbar de sus acelerados latidos que le servían de termómetro de su temerosa y desafiante tensión, exhalando torrentes de ilusiones en futuros promisorios.

Su guitarra ansiaba ganar la beca, pero a Juan Marcelo le desanimaba su ímpetu al reveer a los postulantes que lo antecedieron, demostrándolo en el tropiezo con sus pies en su andar hacia las tablas, minetras esgrimía el instrumento cual una espada desenvainada y disponible.

Dentro del arco iris de sus emociones, se animó a observar al excelso jurado que lo calificaría de acuerdo a sus aptitudes naturales.

Logró percatarse en ese relámpago visual de la abulia que invadía a los personajes escrutadores, destacando que la mayoría se removía en sus asientos, no hallando en éste momento del día nada más cómodo para su bienestar que la salida de emergencia como opción primaria, embriagados de tantas melodías inexpertas que llenaban sus oidos... castigándolos tortuosamente.

Juan Marcelo acomodó su cuerpo a la guitarra, para que su público pudiese disfrutar de sus arrogantes acorde. En esa cúspide del instante sus dedos resolvieron actuar por su propia voluntad, independizándose de su tiránico dictador, haciendo vibrar las cuerdas sin la acostumbrada práctica armónica, destellando agudos sonidos desagradables e irritantes.

Sin la mínima intervención del jurado, aceptó Juan Marcelo esta ácida derrota. Dejó escapar su apabullante impotencia en un poco decoroso epíteto al instrumento, que también desvalorizó a la humildad del actor.

Su descenso del estrado llenó la sala de abundante pesadumbre.

El silencio se hacía eco del momento, llenando el aire con un espeso lodo de pésima predisposición para el siguiente novato... el último.

Este hecho tan particular produjo que el ánimo de Esteban se hundiese en el fondo del abismo de la depresión, puesto que predisponerse a sentir lo vivenciado por los otros postulantes no estaba dentro de sus expectativas, deseando huir del lugar antes de exponerse a la derrota.

Sintió que dentro de su corazón la presión descendía, ya que la marcha sanguínea de su cuerpo bajaba su velocidad hasta dejarlo sin fuerzas aparentes.

La melancolía lo invadió con un fuerte abrazo... como una madre que suele proteger a su bebé del frío de la intemperie.

Las piernas le produjeron un suave temblor indicándole que debían moverse, frenando este impulso con su voluntad debilitada, esperando la anticipada órden suprema del jurado que le invite a retirarse del lugar humilladamanete.

Ocurrió todo lo contrario. La mirada que el jurado entero le obsequió, era la obvia invitación a que presente su habilidad... en el menor tiempo posible.

Esta era la señal de arranque. La misma que le vació el estómago y lo obligó a su vez a salir de la inanición. Esta etérea fuerza lo empujó para atravesar la distancia hacia el tablado, superando también las escalerillas que lo acercaban hacia el banquillo expositor.

Al acercarse al centro del escenario, se percató de que sus sensaciones emocionales habían desaparecido... invadiendo su lugar la calma típica del aceptamiento, la que refleja sólo el instante vivido y que a su vez nubla la perspectiva del tiempo, impidiéndole proyectarse en el futuro, puesto que su intemporal existencia es inconsistente.

Este mecanismo explosivo lo armonizó para replantear su presentación.

Dada la situacion y su obvio final articulado a sus antecesores, resolvió ser espontáneo y veraz, respondiendo a sus impulsos y no a su cartesiana lógica.

Para ello necesitaba un tiempo mínimo que lo sumerja en su interior.

Tomo éste tiempo de la preparación de su instrumento.

Desenfundó el saxo, cuyo brillo lastimaba al ojo de tanto que lo había lustrado, colocando el estuche protector a un costado del banquillo, sobre el piso, con simples movimientos lentos e introspectivos.

Provisto del delicado cordel para el caso, con el cual rodeó su cuello para luego sujetar el instrumento, evitando así que el peso del metal le evapore su concentración.

Mientras saboreaba el pico del saxofón, verificando su existencia y acomodando sus labios a esa forma aguda, resolvió en su impulso poético circunstancial olvidar esa música fuerte que había preparado, agresiva y violenta, para inundarse de melodías suaves y melancólicas, más acordes al momento apagado que transcurría, imaginado estar sólo en su universo... desgarrando un llanto íntimo y secreto.

Comenzó su melodía a la vez que su pensamiento lo llevaba de paseo por la oscura nada de la noche, moteada de estrellas que decoraban la inmensidad.

Se sintió feliz de disfrutar de éste etéreo instante espontáneo, pleno para sí mismo, satisfaciéndose en su humilde vanidad por el simple hecho de ser, de estar aquí... ahora.

Su temerosidad le obligó a no observar a su alrededor, a no percatarse de ese público escrutor, a negar la existencia de esos asientos correctamente alineados del teatro, descubriendo que con la sencillez de cerrar los ojos se despegaba de este mundo material, ingresando en la suavidad de su intimidad, que lo albergaba con calidez y lo acariciaba con aceptación.

Se sentia agradecido, sin saber aún el por qué.

Estaba frente a una verdad, donde la hipocrecía de los amigos y de la familia quedaban al margen.

En pocos instantes más le arrojarían a su cara la fría apreciación sobre su capacidad musical, resultando esta sinceridad lo que siempre buscó desde que comenzó a querer dominar éste instrumento.

Esteban nunca había experimentado la valoración de la verdad dentro de la madeja de sus pasiones; saber la realidad de su calidad instrumental le entusiasmaba, suponía que había alcanzado la cima de su carrera musical al ser criticado en pocos instantes más por duros jueces implacables.

Tampoco le importaba en éste instante la distancia entre el éxito y la derrota, sólo se sentía agradecido por el hecho de ser escuchado, transmitiendo esta emoción a la melodía que les brindaba, a fin de que no padezcan demasiado los sonidos emitidos por un principiante en sus refinados oídos profesionales.

Este despliegue mental lo transportó mas allá de la realidad, donde el tiempo asume colores y la materia se subyuga ante el angélico éter de lo infinito, cuando... un sonido extraño lo devolvió abruptamente a su ser, volcándolo en el mismo escenario donde había comenzado su viaje.

Luego de ocho mágicos minutos de libertad, su público se elevó en un paternal aplauso de aprobación, destellando sonrisas de complacencia que implicaban su inclusión dentro de la beca ofrecida.

Esteban agradeció la calificación del jurado con un mudo llanto de alegría, decorando su sorpresa con la satisfacción de su expresión.

 

* * *

 

Este Relato ha sido Seleccionado por el Jurado para su publicación en la Antología 2009 de Poesía y Narrativa Breve "Escritura Sin Frontera".

-Nombre: XXXVIII Certámen Literario de Poesía y Narrativa Breve "Escritura sin Frontera" 2009

Organizador: Editorial Raíz Alternativa (Argentina)

 

 

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Presentamos en ésta XXXVIII Antología "Escritura Sin Frontera" 2009, a los mejores autores seleccionados a nivel nacional e internacional.

La imaginación viaja a través del pensamiento; constituye la fuente de creación, uniendo desde los abismos de la distancia, el sentir renovado de las ideas y las palabras.

El Editor

 

 

 

 

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